viernes, 22 de enero de 2016

Precursores de la Arqueología Maya

 de : 
César Ramón González Rosado



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CUANDO LA PERIODISTA ALMA REED ENTREVISTÓ A EDWARD H. THOMPSON

Eran los primeros días  del año de 1923. Felipe Carrillo Puerto acompaña a los miembros de la Fundación Carnegie para una visita preliminar a la zona arqueológica de Chichén Itzá. De Mérida a Dzitás por ferrocarril, y de ahí a las ruinas por una nueva carretera que el gobernante socialista inauguró en esa misma ocasión para facilitar el acceso a turistas e investigadores.
Decía don Manuel Cirerol, su secretario particular, que a veces Felipe se desaparecía del Palacio de Gobierno e iba con los trabajadores que construían el camino para ayudarlos en las faenas. Se  quitaba el sombrero y el saco de lino blanco, que colgaba en algún arbusto, se arremangaba la camisa, y con pico y pala participaba en la construcción. Tal era su empeño y amor por revivir el esplendor de la cultura maya.
Los integrantes de la Fundación Carnegie tenían como misión explorar los vestigios de Chichén Itzá y hacer investigaciones arqueológicas sobre el pasado de la capital de los Itzáes, además de apoyar con recursos económicos de la Institución la restauración de los edificios.
Integraban la expedición especialistas en asuntos arqueológicos, entre ellos y como responsable de la misma,  Sylvanus Morley, que llegara a ser famoso por sus investigaciones del pasado maya, y la periodista del New York Times, Alma Reed, como reportera.
Entonces don Eduardo – así llamaban a Edward H. Thompson en Yucatán –  los condujo por su propiedad: una gran hacienda cuyo terreno medía 3.2 km.de norte a sur, y 2.4 km. de este a oeste que incluía, además de la casa principal,  toda la zona arqueológica de Chichen Itzá, lo que le hacía propietario de facto de los portentosos vestigios mayas.
Explicó don Eduardo a los visitantes,  con la sabiduría de que quien había vivido durante treinta  años en ese lugar, caminando por sobre los escombros de las ruinas, sus apreciaciones sobre Chichén Itzá que conocía  como la palma de su mano.
Era un secreto a voces que Thompson había rescatado del Cenote Sagrado  objetos de gran valor arqueológico sin participarlo al gobierno mexicano, contraviniendo así las leyes de la nación, piezas que el arqueólogo vendió al Museo Peabody de la Universidad de Harvard.
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Era Thompson el Cónsul de los Estados Unidos en Yucatán y Campeche, puesto que había obtenido  por influencias de sus amistades interesadas en los asuntos arqueológicos de Yucatán; más con el propósito de explorar los vestigios de la antigua cultura que despachar los asuntos consulares de su país que atendía con la ayuda de su esposa.
Antes de su llegada a Mérida se preparó para afrontar los retos que la aventura le deparaba: leyó los libros de John Lloyd Stephens y  Augustus Le Plongeón le entusiasmó con la teoría de la Atlántida sobre el origen de los Mayas. Se adiestró en el manejo de armas, estudió algo de medicina sobre cosas prácticas y, sobre todo, estudió la Lengua Maya que posteriormente perfeccionó en sus recorridos por los caminos de Yucatán, y que mucho le sirvió para entablar amistad con los indígenas.
Era de carácter afable, de ojos azules, de 1.90 m de estatura más o menos. Tenía gran facilidad para entablar amistades y hacía favores, mismos que esperaba cobrar recíprocamente cuando se metía en apuros. Entabló tal relación con los indígenas que fue admitido como miembro de alguna sociedad secreta de los Mayas.
Durante sus primeros años exploró las ruinas, y descubrió otras en lo profundo de  la selva. Conoció Labná, Sayil, Kabah, Uxmal. Hizo mediciones, levantó planos y realizó modelos en yeso del Arco de Labná, del frontispicio de la Casa del Gobernador de Uxmal, y otros trabajos de interés para exposiciones en los Estados Unidos por encargo de sus patrocinadores.
Visitó la gruta de Loltún. Thompson quedó maravillado ante “su extraña y perfecta belleza” y declaró que podía pasar allí un mes “en busca de datos arqueológicos”.
En Cobá recorrió parte del antiguo camino maya y estudió su admirable construcción.
En Labná, al descender a uno de los chultunes, práctica frecuente de Thompson, halló y dio muerte con el machete a una víbora de cascabel que estuvo a punto de morderle.
Puso en claro dos cosas importantes: la naturaleza y el uso de los chultunes, y el carácter de las viviendas de los antiguos campesinos Mayas.
Posteriormente se estableció en Chichén Itzá y, con el dinero que le proporcionó un patrocinador, compró amplios terrenos que incluyeron las ruinas. Durante 30 años exploró en solitario y, ayudado por los indígenas Mayas, extrajo del Cenote Sagrado valiosas piezas de vestigios Mayas que poco a poco fue enviando al Museo Peabody por medio de la valija diplomática.
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¿Tenía noticias el gobierno  mexicano, entonces de Porfirio Díaz, sobre el saqueo que Thompson hacía del Cenote Sagrado? Es muy probable. Alguna vez Don Justo Sierra Méndez, entonces Ministro de Educación, y Leopoldo Batres, inspector de Monumentos Prehispánicos, visitaron mezclados entre los turistas Chichén Itzá  y fueron testigos de las actividades clandestinas de Thompson. Sin embargo, sucedía que el gobierno de don Porfirio era muy complaciente con los extranjeros y se hacía de la vista gorda sobre estos y otros acontecimientos ilegales.
Cuenta Alma Reed en su libro que, concluido este preliminar recorrido de los miembros de la Expedición Carnegie por Chichén Itzá, después de la comida tomaron un largo descanso tendiéndose en las hamacas de la casa principal. Ella aprovechó ese tiempo para ordenar sus notas y escribir un informe para su periódico. Es entonces cuando la interrumpe don Eduardo: “¿Quiere Ud. tener la historia exclusiva de la mayor aventura arqueológica del Nuevo Mundo?
“Le aseguré que sí, sin duda agradecería la oportunidad de ser la primera en contarle al público los detalles de un acontecimiento tan importante.”
“Bueno,” continuó, “tendrás esa oportunidad, pero hoy no. Preferiría no hablar frente a la gente del Carnegie o del Museo Peabody. Sería mejor que regresaras otra vez…y sola. Estoy seguro de que don Felipe puede arreglar todo lo necesario para tu regreso. He notado que él está dispuesto a hacer cualquier cosa para agradarte.”
 “Me explicó – continúa Alma – que la aventura arqueológica a la cual se refería tenía que ver con el Cenote Sagrado y me dijo que me iba a contar las experiencias interesantes y significativas que tuvo ahí, con la única condición  de que le prometiera que lo iba a citar al pie de la letra. “La forma en que se maneje mi historia”, añadió Thompson,  “es muy importante pues, de cierto modo, tiene el carácter de una confesión. Los hechos tienen que saberse alguna vez, pero prefiero ‘confesarme ante una hermosa periodista joven y ambiciosa como tú, sobre todo porque eres muy simpática’”.
“Le agradecí su confianza y le prometí hacer un informe fiel sobre las ‘aventuras’  de su cenote en un reportaje que iba a escribir para el Sunday Times Magazine. Él me pidió que, mientras tanto, mantuviera el asunto ‘estrictamente confidencial’ y me advirtió que en ese momento el secreto guardado con enorme celo durante cuarenta años estaba en peligro de ser divulgado debido al creciente interés en Yucatán y que había ‘muchos eruditos alrededor’ que formaban parte de instituciones rivales.”
El 22 de febrero de ese mismo año, acompañada de Felipe, Alma regresó a Chichén Itzá. En Dzitás cada uno tomó distinto camino. El Gobernador debía asistir a la entrega de tierras en un pueblo distante 50 kilómetros. Era un jueves agrario. Alma, en un “fordingo”, se dirigió a la ciudad maya. Quedaron de verse por la noche en la casa principal de la hacienda.
Ese día el encuentro periodístico de Alma Reed y Thompson se hizo realidad.
  • “Antes de abordar el tema de la exploración del Cenote Sagrado es necesario”, dijo el arqueólogo, “que Ud. se compenetre con el espíritu del pueblo maya.”
A partir del Castillo de Chichén Itzá, por sobre la calzada que conduce al cenote, o el “sacbé” para mejor decir, don Eduardo condujo a la periodista, narrándole con histrionismo de un director de teatro, la historia de los sacrificios humanos para invocar la protección de Chac Dios de la Lluvia:
Cuando llegué a Chichén Itzá narra Alma en su libro don Eduardo me anunció que ya estaba preparado con todos los datos de la ‘mayor aventura arqueológica de América” para mi artículo en la New York Times Magazine. Pero me advirtió que los datos solos no eran suficientes pues, para que yo narrara su historia como debía ser, era esencial que sintiera la tragedia que se había representado  tantas veces en ese lugar durante los tiempos remotos. Me dijo que iba a tratar de hacerme sentir esa tragedia antigua para que yo fuera capaz de transmitir cómo, desde el principio, los valores humanos implícitos en el sacrificio ritual maya habían suscitado en él una respuesta que lo impulsó a correr los riesgos terribles que implicaba descender al Cenote Sagrado. Estuve de acuerdo con él en que el sentir era un elemento indispensable en el periodismo efectivo o, para ese caso, en cualquier forma de comunicación. Y entonces, con los ojos bien abiertos por la expectativa, escuché al explorador – un hombre ya entrado en años – conforme evocaba a una hermosa y joven fantasma de las profundidades del cenote.”
Y así, recorriendo el sacbé de 274 metros del Castillo al cenote, Thompson, haciendo gala de su imaginación,  narró a Alma Reed aquella historia que refirió Fray Diego de Landa en su “Relación de las Cosas de Yucatán”: una procesión encabezada por los sacerdotes, al ritmo de los “tunkules” y con un ambiente perfumado por el humo del copal, en la que la joven doncella, vestida de blanco, coronada  de flores la frente y adornada con valiosas joyas, caminaba hacia su matrimonio simbólico con el Dios Chac, a su sacrificio en el Cenote Sagrado, para implorar la lluvia que calmara la sed y el hambre del pueblo Maya.
Ya en la orilla, más realista, el arqueólogo narró a la periodista los pormenores de su exploración que duró varios años. Le habló de su entrenamiento en la práctica del buceo y cómo, arriesgando la vida, se sumergió en numerosas ocasiones en las aguas profundas del impresionante pozo del que extrajo máscaras de turquesa, jades labrados, ornamentos de oro en forma de escudos, pendientes, cascabeles, aretes y muchas más joyas de oro y plata.
Le habló de la instalación de una plataforma sobre la superficie del agua del cenote, y de la instalación de una draga traída de su país para hacer más eficiente la exploración, con la que substituía la práctica manual con soga, carrillo y cubetas para extraer el fango.
En fin. Todos los pormenores de su aventura, material que le sirvió a Alma Reed para escribir dos artículos que se publicaron en su revista del New York Times y que desataron el escándalo.
El gobierno revolucionario de México no hizo nada en espera de otras pruebas y, en cuanto las tuvo,  demandó a Thompson, acusándolo de saqueador de los tesoros nacionales, y al propio Museo Peabody que se defendió diciendo que las piezas estaban en préstamo para su estudio.
Thompson pagó la factura de sus pillerías: le fue confiscada su hacienda de Chichén Itzá. Murió en la pobreza en New Jersey, protegido por uno de sus hijos y aquejado de dolencias producto de sus inmersiones en el Cenote Sagrado y de sus exploraciones por los inhóspitos, en ese entonces, caminos de Yucatán.
 Pasados algunos años de presión del gobierno mexicano, el Museo Peabody devolvió las valiosas joyas, mismas que se exhiben en la actualidad en el Museo Nacional de Antropología e Historia de la ciudad de México.
Felipe regresó por Alma caída la tarde, a los primeros destellos de las estrellas. El viaje de regreso sería difícil y cansado. Era necesario quedarse, así que se hospedaron en la casa principal.
Esa noche, quiero imaginar, bajo los perfiles del Castillo de Chichén Itzá recortados por la luna, Felipe y Alma se juraron amor eterno…
Que la fatalidad interrumpió un 3 de enero de 1924.
César Ramón González Rosado
Mail: crglezr36@yahoo.com.mx

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